Eres un laberinto lleno de puertas. Puertas que llevan a la
salida, puertas que me llevan de regreso al principio, puertas a otras puertas
e incluso hay aquellas que no llevan a ninguna parte.
Eres un juego de escondidillas, en el que no hay reglas
claras y la cuenta es confusa; en el que yo no sé si buscarte o esconderme.
Eres una ilusión óptica que a veces entiendo y a veces creo
hacerlo. Tus rayas surgen de cada paso que doy y nunca sé si me acerco o si me
alejo, si eres un gato grande o un tigre pequeño.
Eres tripulante en un barco de curso inestable, porque te
veo en el faro que está lejos y te veo en las rocas que me acechan. Yo ya no sé
si eres capitán o estás ahí nada más de polizón.
Eres tú un duende imaginado que me llena de suspiros y
lágrimas escondidas. Que no sé si viene o va y se esconde entre las sombras de
mi casa. Y entonces al no estar no me queda más que extrañar esa sonrisa
diablilla y esas caricias que se cuelan por debajo de sábanas cálidas por el
estremecimiento de mi cuerpo con el suyo.
Porque te tengo ahí delante y las palabras se esconden y me
juegan bromas. Mis sentimientos se burlan de mí dibujando seres mitológicos en
las bibliotecas de mi mente, hasta que no sé qué es real y que no… o hasta que
tus ojos chocolate encuentran los míos y entonces la única palabra que se me
ocurre decir es “quédate”. Pero no puedo. No puedo y comienzo a balbucear para
llenar silencios y espacios futuros.
Disculpe usted mi falta de carácter y mi exceso de palabras.
Disculpe usted mis demonios y mis puertas. Disculpe usted que construyo muros
de un lado y los tiro del otro. Disculpe usted señor que esté aquí tomando su
mano sin querer soltarla.
Señor, ¿le puedo enseñar mi patio?

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