Empecé estas palabras en una cuna de frustración, queriendo
decirte tantas cosas. En los primeros pasos de esta prosa quería aclararte que,
de haber sabido, no hubiera permitido que mi corazón se llenara de esa alegría
y emoción que crecía con los días al anticiparme a tu llegada. Que no me
hubiera adelantado en mi trabajo ni hubiera trasnochado para dedicarte a ti dos
noches de desvelos.
Que de haber sabido te hubiera dejado ahí, lejos e
inofensivo, en lugar de acercarte a mí para que puedas lastimarme.
Sí, en esa cuna de frustración quise criar palabras firmes y
defensoras para guardar lo que queda de mi corazón. Pero entonces recordé que
en ti también vive un corazón lastimado y me di cuenta que estas palabras eran
necias, eran mitoteras.
Porque la realidad es otra. La verdad es que de haber sabido
no hubiera permitido que mi mano dejara la tuya ni un solo momento desde que la
tomara en esa terminal. De haber sabido te hubiera hecho el amor más veces
antes de dejarte deslizarte a los brazos de Morfeo. De haber sabido hubiera
creado en tu cuerpo un camino de besos tatuados con mis labios para que se
queden plasmados en tu piel.
Hubiera aprendido tu receta favorita y te la
hubiera preparado para que entonces puedas recordarme también a través de otros
sentidos.
Te juro que de haber sabido hubiera pasado más tiempo
grabándome tu sonrisa y menos tiempo durmiendo. Ay, de haber sabido… me hubiera
quedado en casa a esperarte dos horas en lugar de salirme y arriesgarme a un
roce. Te hubiera tenido paciencia y hubiera sabido comprender que si tus
palabras eran duras era porque nacían de tu preocupación por mí y en lugar de
alzar la voz hubiera tomado tu mano y te hubiera dicho entre besos al oído que
todo estaba bien, que no tenías que preocuparte.
De haber sabido… de haber sabido hubiera hecho todo de una
mejor manera y ahorita en lugar de escribir esto estaría escribiéndote las
buenas noches y pidiéndote regreses a darme la manita.
De haber sabido.

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