De algún día del 2017
Las despedidas nos afectan a todos de diferente manera. A
veces, nos volvemos fríos, y distantes para no lidiar con el momento; otras
dejamos libre el sentimiento, consolándonos con la idea de que cada segundo
cuenta.
La noche que me despedí de ti traía un costal que con los
días se había vuelto progresivamente más grande; tenía que apretarlo fuerte, o
su contenido podría escapar. Cargar ese costal se había convertido en algo
agotador, acaparando mi atención en todo momento pues nadie sabía la naturaleza
agitada de lo que habitaba ahí, y dejarlo salir podía ser peligroso. Era un
costal que apareció de la nada, un día lo descubrí dentro de mí mientras me miraba
en el reflejo de tus ojos, sin saber exactamente cómo fue a parar conmigo.
Esa noche estaba muy cansada y el residente misterioso del
costal se encontraba particularmente inquieto. Estabas cerca de mí y podía ver
a detalle los relieves de tu cara, desde tu nariz hasta cada uno de los vellos
que te cubren el rostro. Sentía el olor a humo proveniente de tu boca y por
alguna razón me encontraba cada vez más consciente de la fuente de calor
procedente de mi costal. Era pequeña, del tamaño de una moneda, irradiando
energía que me recorría y salía de mí, haciéndome cosquillas en el proceso.
Probé tus labios por primera vez en la noche. Grandes,
traviesos y juguetones. “Voy a morderte un labio”, me dijiste, y me tomaste sin
esperar respuesta. El saco comenzó a tirar de mí, demandando mi atención como
el niño berrinchudo que era. Decidí ignorarlo mientras la moneda crecía tomando
vida y forma, ondulante y necia. Tu peso estaba parcialmente sobre mí y yo sólo
sabía que eso ya no era suficiente. Recuerdo el juego entre tu lengua y la mía,
de inicio lento en un principio, midiéndonos el uno al otro, reconociéndonos; hasta
que dejó de ser angola y se volvió banguela para culminar en la urgencia de un São Bento.
El niño seguía tirando y la moneda creciendo, cada vez más hambrienta y
desesperada. Tu calor y el mío se instalaron en el espacio virtual que se
encontraba entre los dos, y se abrazaron y se volvieron fuego.
Entonces el saco se rompió.
Salieron despedidos miles de soles en todas las direcciones,
chocando contra las paredes de mi cuerpo que antes los contenía. Brotaron de
cada uno de mis poros y los sentía salir de mis ojos cerrados y colocarse sobre
mis dedos mientras éstos exploraban los detalles de tu espalda. Después
regresaban a mí, colándose entre mi respiración entrecortada, hasta inundarme
toda y no caber ni uno más, para salir de mí nuevamente. El ciclo se reiniciaba
una y otra vez, llegando en oleadas, tratando de saciar el hambre y acallar el
berrinche del niño.
Sentí alivio, porque hoy los soles giran a mi alrededor, y
en lugar de cargar con ellos más bien caminan conmigo.

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