Mi papá dice que no se puede amar a un animal, que se le
puede querer pero que el amor está reservado para las personas.
Yo no estoy de acuerdo, sobre todo tratándose de los perros.
Alguien los llamó “los mejores amigos del hombre”, no sé
quién fue pero es un genio… aunque pensándolo bien no necesitas ser muy
observador para darte cuenta de que los perros tienen esa chispa especial.
No importa si eres flaco, gordo, feo o guapo. Al perro no le
importan tus preferencias sexuales ni lo que hayas hecho. El perro no va a
juzgarte si te drogas, si vas a la Iglesia todos los días o si eres asiduo a infligir
dolor sobre ti mismo para atenuar el mundo hiriente que pesa sobre tus hombros.
Para el perro, lo que más importa es la felicidad de su amo y
siempre te recibirá con aquella sonrisa transformada en movimientos de la cola
o bien en saltos y lengüetazos. Es de rápido perdón puesto que vuelve a ti a
pesar de todo.
Yo amo a mi perra. Cuando llegó me morí de la ternura pues
era un pequeño bulto negro que podía cargar con una mano. El nombre que
escogimos le queda perfecto: Schatzi.
Una personalidad tan definida que sorprende hasta a los más incrédulos.
Puede irse cuando quiera porque aprendió desde pequeña a colarse por entre las
rejas, ¡y cuántas veces lo hizo al ver que nos íbamos caminando!
No importa cuánto tiempo yo pase fuera de casa, a veces
incluso 3 o 4 meses, pero ella siempre está ahí. Saltando de esa forma tan curiosa
y moviendo las patitas delanteras, casi como diciendo por favor. Es tan
pequeña, es mi pequeña.
Hoy la abracé mientras me acostaba en el suelo y se quedó
quietecita, recargando su cabeza negra sobre mi brazo, como dejándome saber que
entendía mi dolor y quería acompañarme en él.
A veces llega a despertarme en la mañana, sé que es ella
porque el rápido jadeo es inconfundible y sus patitas resuenan contra mi suelo
blanco. Cuando se lo pido salta a mi cama y se acuesta junto a mis pies, atenta
siempre a la entrada de mi madre al cuarto (sabe que ella no la deja subirse a
los muebles).
Cuando te acercas a ella rueda sobre su espalda y expone su
pancita para dejarse acariciar, siempre con la lengüita hacia afuera y sus ojos
sonriendo. Parece un borreguito negro, con su cabello rizado y sucio por haber
correteado y jugado en el jardín.
Responde a mi silbido y siempre viene a mí apresurada,
corriendo, moviendo su pequeña cola. Es una en un millón.
Papá, amar a un perro es mucho más fácil que amar a un ser
humano.


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