Ahí cerca de mi boca, donde habita mi ser, y está mi
identidad.
Donde con cada beso te sumerges verdaderamente en mí, en
quien yo soy, y navegas por mis recuerdos, ves lo que veo y vives todo lo que
he aprendido.
En ese lugar en el que nuestra cercanía te obliga a respirar
el mismo aire que yo, a absorber los remanentes de oxígeno que persisten con mi
exhalación, y a comprender a partir de ahí la vida que tomo del aire que entra
a mis pulmones.
Pegadito a mí, para que sepas qué momentos me estremecen y
con qué caricias mis ojos se cierran, y tampoco olvides nunca lo que me hace
abrirlos y buscarte para beberte con luz y hacerte de mis pupilas.
Arriba, donde tengas acceso rápido a mi cuello y a las gotas
de sudor con sabor a lágrimas que cursen sobre mi piel erizada. Que sepas a
través de mi olor y de las arrugas en la comisura de mis labios si viví
el día con ternura o con castigo.
En lo alto, donde la cadencia de mi lengua te hable de lo que me
hace suspirar y la forma de mis dientes de lo que me hace reír.
Cerca. Cerca en la boca y unido a mi alma, donde estoy completa
y soy yo, para que me reconozcas siempre de entre otras bocas, de otros mundos,
de otros besos.
En ese lugar donde la voz se apaga
al chocar con tu garganta y puedes averiguar si mis labios gimen o lloran al
clavarles los dientes. Ahí donde está mi dolor escondido y el placer a flor de
piel.
Bésame mucho.

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