lunes, 23 de diciembre de 2013

Fer

History tends to repeat itself... pero ni modo. Para a delante.  

Escribo esta carta porque tengo muchas palabras acumuladas y que necesito sacar, pero sé que no quieres hablar conmigo.

Escribo esto también porque si no te digo todo lo que siento y pienso no voy a poder perdonarte porque no voy a poder cerrar ese círculo que lleva tu nombre.

Perdóname por el uso de metáforas, a veces es la única forma que tengo para describir algo que de otra forma no podría hacerlo.

La primera vez que te vi llegaste de la nada, sonriéndome a mí, sonriéndole al  mundo. Creo que nunca había sentido tanta curiosidad y atracción por alguien tan rápido. Había algo en tu mirada que me movió ese día, y todavía recuerdo la sonrisa que me causó tu espontaneidad tan inocente, tan preciosa, cuando me dijiste que deberíamos salir a cenar con Fanny.

Me acuerdo también cuando hablaste de Laura y te pregunté por qué te cortó… te reíste y preguntaste “¿qué no me ves?”, yo te veía y aun así no entendía… sigo sin entender.
Después de eso sentí en mi corazón que había encontrado un compañero, un amigo.

Fui conociéndote, fascinándome con un alma hermosa que sentía me mostrabas sin querer, envolviéndome en ella, pensando en ella, queriendo encontrarme con ella.

Me llenaste de ilusiones y de sueños, me dijiste palabras hermosas que no me había dicho nadie; creo que la que más dejó huelle en mi corazón fue la de que no se trataba de manejarme sino de disfrutarme. No te lo dije en ese momento pero yo pensaba que nunca iba a encontrar a alguien que pudiera estar conmigo y cuando dijiste eso sentí un alivio total y completamente independiente de ti y de lo que pasó con nosotros.

Cada cosa que veía en ti me gustaba más que la anterior. Yo tenía miedo pero me tomaste la mano, me diste un beso en la frente y abriste una puerta donde me describiste todo lo que había del otro lado, incluso me dejaste vislumbrar un poco de ese tesoro, aunque no hacía falta… la emoción de tu voz y un olor dulce y embriagante sobre lo que vendría para los dos lo decía todo.

Sí, tenía miedo. Muchísimo miedo. Y tú no dejaste de darme besitos y decirme que seríamos geniales, que me estabas buscando desde hacía mucho. Y así poco a poco fui dejando ese miedo atrás, y te veías tan seguro que pensé que si me mantenía tomando tu mano no me iba a caer… en todo caso tenía miedo de que si lo hacía te jalara a ti conmigo. Creo que eso es a lo que más le tenía miedo, a lastimarte, a eso y a que cambiaras de opinión sobre mí. Yo quería protegerte, quería que encontraras en mis brazos un refugio de la misma forma en la que yo estaba encontrando en los tuyos el mío. Contigo me sentía en casa.

No dejaba de pensar en todas las cosas que quería enseñarte, compartir contigo y aprender de ti. Me volví niña por un tiempo, haciendo pasteles de tierra en maquinitas de fantasía y muriendo por enseñártelos; por enseñarte mis juguetes y mis dibujos a pesar de que no fueran perfectos y me saliera de las líneas.

Sabes Fer… sé que esto que te voy a decir forma parte del tema que te hizo decidir que yo no era lo que tú querías…. Pero cada vez que te besaba y te abrazaba y acariciaba sentía que me quemaba por dentro. Mis labios se volvían exploradores, sedientos de ti y movidos 100% por el cariño que mi corazón sentía. Detrás de cada beso que te di había un “te quiero” y detrás de cada suspiro que me provocó el roce de tu piel había una ilusión que me llenaba toda y se entretejía con la felicidad que me hacía sentir la simple cercanía de tu alma junto a la mía.

Luego un día entrecerraste esa puerta que habías abierto y me di cuenta inmediatamente porque dejé de sentir ese calor que irradiabas. Me dio mucho miedo, me dio mucho miedo porque me di cuenta que eras más importante para mí de lo que me atrevía a admitir. Ese día casi te perdí pero al final te acercaste y me abrazaste como antes y también como antes me volví a sentir segura entre tus brazos y no puedo empezar a describir el alivio que sentí cuando me dijiste que estábamos bien, que querías seguir conmigo.

Ahí comenzó la segunda parte de ese sueño que fuiste tú, una segunda y última parta tan corta y efímera que duele recordarla. Fue cuando decidí mejorar para ti. Enseñarme a mí misma a no presionarte tanto, a intentar ver el mundo desde tus ojos, ser mejor persona porque me inspirabas a serlo. Quería brillar para ti.

Lo primero que pensé fue en pedirte que me acompañes a la iglesia. No sabía si regresaría a ella totalmente, pero quería recordar lo que había en ella que en algún momento me llamó tanto y que era para ti tan importante. No me dio tiempo.

Lo segundo que decidí fue ser más dócil y cautelosa con mis palabras. Decidí escogerlas mejor porque sé que a veces me emociono tanto con un tema que empiezo a dar mis opiniones de maneras que a veces los demás malinterpretan, no porque sea su culpa sino porque no me doy cuenta de cómo digo las cosas.

Quise también demostrarte que podía adaptarme a ti, así como tú habías dicho que te podías adaptar a mí. Quise tantas cosas… ojalá me hubieras dado un poco más de tiempo.

Luego de la nada llegó el silencio. Un silencio frío y cruel como la vez anterior. Volviste a cerrarme la puerta sin decirme nada. Me llevaste hasta la cima de la plataforma diciéndome “anda, adelántate, yo te sigo”, y de pronto volteé y te vi abajo, lejos, como un puntito en la distancia. Te escuché decir que lo sentías, que no podías con quien yo era, que te habías equivocado al decirme todo lo que me dijiste… gritaste que no habías saltado porque no había agua abajo. Pero yo ya no estaba en la plataforma Fer. Y caí desde muy alto a un lugar donde no estaba el agua que me prometiste entre besos y sonrisas que estaría ahí. Caí desde muy alto sin poder entender por qué no me detuviste antes de saltar… por qué no me dijiste que no había agua, por qué simplemente bajaste por la misma escalera por la que me habías llevado de la mano.

¿Sabes? Si me hubieras dicho yo hubiera bajado junto contigo, pero hubiera abierto una manguera de agua y esta vez hubiera sido yo la que te llevara de nuevo hacia arriba. Pero no me diste ni siquiera la opción, ya habías decidido que no había nada que llenar, que el agua no iba a salir.

No te odio Fer. Nunca te he odiado. Nunca te he mandado a la “chingada” al escuchar algo que “no me gusta”, al contrario, escucho algo que no me gusta e inmediatamente quiero saber qué hay detrás de tus palabras, para entenderlas y que no me hagan daño.

No entiendo por qué me duele tanto. Quizá esté exagerando. Es que no sé… me ilusioné mucho.

Quisiera poder borrar todas las palabras que me dijiste, pero es que las dejé pasar sin filtro porque creí que provenían de tu alma.

Lamento como no tienes idea no haber sido la persona increíble con quien morías por estar. No tienes idea de cuánto me duele eso. No tienes idea de lo mal que me siento porque simplemente mi yo no fue suficiente, mis pastelitos de tierra a fin de cuentas sólo eran de tierra. De verdad Fer, no tienes idea. Y tampoco tienes idea de lo que me duele que haya sido tan fácil para ti simplemente dejarme de hablar de un día para otro, sin ninguna razón, habiéndome llenado de besos el día anterior.

Me duele mucho el saber que otra vez estoy sola. Que realmente no hay otros Tiggers. Que todos mis planes se convirtieron en humo. Jaja que ahora tengo una razón más grande para cortarme las venas todos los fines de semana.

Quisiera que no hubieses pensado de mí todas esas cosas maravillosas que no pude ser, porque al menos serías ese amigo que yo sí estaba buscando, y tal vez hoy en vez de estar sintiéndome de la manera en que me siento estaría contigo viendo una película y riéndome contigo.

La verdad no entiendo qué pasó… no entiendo en qué momento decidiste…. La última vez me dijiste lo contrario. ¿Cómo puedes dejar de sentir tanto por alguien tan rápido y sin que haya sucedido nada?

Creo que nunca lo entenderé. Creo que ni tú lo sabes.

Disculpa que esta carta haya terminado siendo tan larga. De hecho podría seguir más, detallándote todas las sonrisas que me provocaste incluso cuando no estabas junto a mí, o explicándote uno por uno todos los planes que tenía… como el presentarte a mi familia ahora que vinieran para año nuevo, o el pensar si de aquí a Navidad me atrevería a preguntarte si la podía pasar contigo porque no tengo dónde pasarla, o el hecho de que hace dos días pensé que la próxima vez que iría a pagar mi celular pediría que te agregaran a mis números frecuentes para poder llamarte sin que nos saliera tan caro.

En fin Fer. No tienes que contestar nada. Sólo quiero que sepas que yo sí pensaba que podíamos funcionar. Mi único miedo era que fuéramos tan pasionales que termináramos quemándonos con nuestro propio fuego. 

Yo sí supe entenderte Fer y lo que no, busqué formas para llegar a hacerlo.

No te deseo mal y nunca lo haré. Me marcaste mucho muy rápidamente. Sólo hubiera querido que me hubieras advertido antes de que saltara al vacío y no se me abriera el paracaídas que tú pusiste sobre mis hombros.

Te quiero, te adoro, te extraño.

Pau.

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