History tends to repeat itself... pero ni modo. Para a delante.
Escribo esta carta porque tengo muchas palabras acumuladas y
que necesito sacar, pero sé que no quieres hablar conmigo.
Escribo esto también porque si no te digo todo lo que siento
y pienso no voy a poder perdonarte porque no voy a poder cerrar ese círculo que
lleva tu nombre.
Perdóname por el uso de metáforas, a veces es la única forma
que tengo para describir algo que de otra forma no podría hacerlo.
La primera vez que te vi llegaste de la nada, sonriéndome a
mí, sonriéndole al mundo. Creo que nunca
había sentido tanta curiosidad y atracción por alguien tan rápido. Había algo
en tu mirada que me movió ese día, y todavía recuerdo la sonrisa que me causó
tu espontaneidad tan inocente, tan preciosa, cuando me dijiste que deberíamos
salir a cenar con Fanny.
Me acuerdo también cuando hablaste de Laura y te pregunté
por qué te cortó… te reíste y preguntaste “¿qué no me ves?”, yo te veía y aun
así no entendía… sigo sin entender.
Después de eso sentí en mi corazón que había encontrado un
compañero, un amigo.
Fui conociéndote, fascinándome con un alma hermosa que
sentía me mostrabas sin querer, envolviéndome en ella, pensando en ella,
queriendo encontrarme con ella.
Me llenaste de ilusiones y de sueños, me dijiste palabras
hermosas que no me había dicho nadie; creo que la que más dejó huelle en mi
corazón fue la de que no se trataba de manejarme sino de disfrutarme. No te lo
dije en ese momento pero yo pensaba que nunca iba a encontrar a alguien que
pudiera estar conmigo y cuando dijiste eso sentí un alivio total y
completamente independiente de ti y de lo que pasó con nosotros.
Cada cosa que veía en ti me gustaba más que la anterior. Yo
tenía miedo pero me tomaste la mano, me diste un beso en la frente y abriste
una puerta donde me describiste todo lo que había del otro lado, incluso me
dejaste vislumbrar un poco de ese tesoro, aunque no hacía falta… la emoción de
tu voz y un olor dulce y embriagante sobre lo que vendría para los dos lo decía
todo.
Sí, tenía miedo. Muchísimo miedo. Y tú no dejaste de darme
besitos y decirme que seríamos geniales, que me estabas buscando desde hacía
mucho. Y así poco a poco fui dejando ese miedo atrás, y te veías tan seguro que
pensé que si me mantenía tomando tu mano no me iba a caer… en todo caso tenía
miedo de que si lo hacía te jalara a ti conmigo. Creo que eso es a lo que más
le tenía miedo, a lastimarte, a eso y a que cambiaras de opinión sobre mí. Yo
quería protegerte, quería que encontraras en mis brazos un refugio de la misma
forma en la que yo estaba encontrando en los tuyos el mío. Contigo me sentía en
casa.
No dejaba de pensar en todas las cosas que quería enseñarte,
compartir contigo y aprender de ti. Me volví niña por un tiempo, haciendo
pasteles de tierra en maquinitas de fantasía y muriendo por enseñártelos; por
enseñarte mis juguetes y mis dibujos a pesar de que no fueran perfectos y me
saliera de las líneas.
Sabes Fer… sé que esto que te voy a decir forma parte del
tema que te hizo decidir que yo no era lo que tú querías…. Pero cada vez que te
besaba y te abrazaba y acariciaba sentía que me quemaba por dentro. Mis labios se
volvían exploradores, sedientos de ti y movidos 100% por el cariño que mi
corazón sentía. Detrás de cada beso que te di había un “te quiero” y detrás de
cada suspiro que me provocó el roce de tu piel había una ilusión que me llenaba
toda y se entretejía con la felicidad que me hacía sentir la simple cercanía de
tu alma junto a la mía.
Luego un día entrecerraste esa puerta que habías abierto y
me di cuenta inmediatamente porque dejé de sentir ese calor que irradiabas. Me
dio mucho miedo, me dio mucho miedo porque me di cuenta que eras más importante
para mí de lo que me atrevía a admitir. Ese día casi te perdí pero al final te
acercaste y me abrazaste como antes y también como antes me volví a sentir
segura entre tus brazos y no puedo empezar a describir el alivio que sentí
cuando me dijiste que estábamos bien, que querías seguir conmigo.
Ahí comenzó la segunda parte de ese sueño que fuiste tú, una
segunda y última parta tan corta y efímera que duele recordarla. Fue cuando
decidí mejorar para ti. Enseñarme a mí misma a no presionarte tanto, a intentar
ver el mundo desde tus ojos, ser mejor persona porque me inspirabas a serlo.
Quería brillar para ti.
Lo primero que pensé fue en pedirte que me acompañes a la
iglesia. No sabía si regresaría a ella totalmente, pero quería recordar lo que
había en ella que en algún momento me llamó tanto y que era para ti tan
importante. No me dio tiempo.
Lo segundo que decidí fue ser más dócil y cautelosa con mis
palabras. Decidí escogerlas mejor porque sé que a veces me emociono tanto con
un tema que empiezo a dar mis opiniones de maneras que a veces los demás
malinterpretan, no porque sea su culpa sino porque no me doy cuenta de cómo
digo las cosas.
Quise también demostrarte que podía adaptarme a ti, así como
tú habías dicho que te podías adaptar a mí. Quise tantas cosas… ojalá me
hubieras dado un poco más de tiempo.
Luego de la nada llegó el silencio. Un silencio frío y cruel
como la vez anterior. Volviste a cerrarme la puerta sin decirme nada. Me
llevaste hasta la cima de la plataforma diciéndome “anda, adelántate, yo te
sigo”, y de pronto volteé y te vi abajo, lejos, como un puntito en la
distancia. Te escuché decir que lo sentías, que no podías con quien yo era, que
te habías equivocado al decirme todo lo que me dijiste… gritaste que no habías
saltado porque no había agua abajo. Pero yo ya no estaba en la plataforma Fer.
Y caí desde muy alto a un lugar donde no estaba el agua que me prometiste entre
besos y sonrisas que estaría ahí. Caí desde muy alto sin poder entender por qué
no me detuviste antes de saltar… por qué no me dijiste que no había agua, por
qué simplemente bajaste por la misma escalera por la que me habías llevado de
la mano.
¿Sabes? Si me hubieras dicho yo hubiera bajado junto
contigo, pero hubiera abierto una manguera de agua y esta vez hubiera sido yo
la que te llevara de nuevo hacia arriba. Pero no me diste ni siquiera la
opción, ya habías decidido que no había nada que llenar, que el agua no iba a
salir.
No te odio Fer. Nunca te he odiado. Nunca te he mandado a la
“chingada” al escuchar algo que “no me gusta”, al contrario, escucho algo que
no me gusta e inmediatamente quiero saber qué hay detrás de tus palabras, para
entenderlas y que no me hagan daño.
No entiendo por qué me duele tanto. Quizá esté exagerando.
Es que no sé… me ilusioné mucho.
Quisiera poder borrar todas las palabras que me dijiste,
pero es que las dejé pasar sin filtro porque creí que provenían de tu alma.
Lamento como no tienes idea no haber sido la persona
increíble con quien morías por estar. No tienes idea de cuánto me duele eso. No
tienes idea de lo mal que me siento porque simplemente mi yo no fue suficiente,
mis pastelitos de tierra a fin de cuentas sólo eran de tierra. De verdad Fer,
no tienes idea. Y tampoco tienes idea de lo que me duele que haya sido tan
fácil para ti simplemente dejarme de hablar de un día para otro, sin ninguna
razón, habiéndome llenado de besos el día anterior.
Me duele mucho el saber que otra vez estoy sola. Que
realmente no hay otros Tiggers. Que todos mis planes se convirtieron en humo.
Jaja que ahora tengo una razón más grande para cortarme las venas todos los
fines de semana.
Quisiera que no hubieses pensado de mí todas esas cosas
maravillosas que no pude ser, porque al menos serías ese amigo que yo sí estaba
buscando, y tal vez hoy en vez de estar sintiéndome de la manera en que me
siento estaría contigo viendo una película y riéndome contigo.
La verdad no entiendo qué pasó… no entiendo en qué momento
decidiste…. La última vez me dijiste lo contrario. ¿Cómo puedes dejar de sentir
tanto por alguien tan rápido y sin que haya sucedido nada?
Creo que nunca lo entenderé. Creo que ni tú lo sabes.
Disculpa que esta carta haya terminado siendo tan larga. De
hecho podría seguir más, detallándote todas las sonrisas que me provocaste
incluso cuando no estabas junto a mí, o explicándote uno por uno todos los
planes que tenía… como el presentarte a mi familia ahora que vinieran para año
nuevo, o el pensar si de aquí a Navidad me atrevería a preguntarte si la podía
pasar contigo porque no tengo dónde pasarla, o el hecho de que hace dos días
pensé que la próxima vez que iría a pagar mi celular pediría que te agregaran a
mis números frecuentes para poder llamarte sin que nos saliera tan caro.
En fin Fer. No tienes que contestar nada. Sólo quiero que
sepas que yo sí pensaba que podíamos funcionar. Mi único miedo era que fuéramos
tan pasionales que termináramos quemándonos con nuestro propio fuego.
Yo sí
supe entenderte Fer y lo que no, busqué formas para llegar a hacerlo.
No te deseo mal y nunca lo haré. Me marcaste mucho muy
rápidamente. Sólo hubiera querido que me hubieras advertido antes de que saltara al
vacío y no se me abriera el paracaídas que tú pusiste sobre mis hombros.
Te quiero, te adoro, te extraño.
Pau.

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