Sobre mi cama hay un unicornio. Es blanco y la cabellera le cae como los colores del arcoíris, el amarillo fusionándose con el anaranjado y después con el azul. Los ojos antiguamente negros, tienen ahora manchas blancas emulando las cataratas que llegan con el pasar de los años en aquellos ojos que han visto vivir y morir a muchos inviernos. Si miras de cerca te darás cuenta que el blanco ya no es completamente blanco y la cabellera es seca y corta, víctima de las aspiraciones a estilista de una niña de cinco años. Está viejo, sucio y desgastado pero es perfecto porque el día que nací me lo regaló mi Abuelo.
Mi Abuelo… es curioso cómo su recuerdo me llega siempre sonriendo, con los ojos entrecerrados y las arrugas que los contorneaban especialmente marcadas. No recuerdo jamás haberlo visto enojado conmigo, aunque supongo que alguna vez lo estuvo. Su rostro tenía una característica forma ovalada culminante en una calva que siempre nos fue más graciosa a los nietos que a él mismo. Pero lo que más representaba a mi abuelo físicamente era la forma redonda de su abdomen. Sigo sin entender, nunca perdiendo la sonrisa de la cara, por qué es que éste era para nosotros, sus nietos, un sinónimo de almohada, cuando realmente estaba muy dura. El nos reprendía con la mirada y decía – ¡Me chocas, chamaca!
Entonces reíamos por lo bajo y nos escabullíamos con una sonrisa pilla de aquellas que sólo aparecen sinceras en la niñez, pues sabíamos que él reía con nosotros.
Me encuentro sentada frente a la computadora intentando recordar todos aquellos momentos que pasé con él para poder plasmarlos en papel y así volverlos inmortales. A través de cada palabra tecleada viene un suspiro que nace de la añoranza y la tristeza que me produce el saber que él jamás volverá; y el pensamiento de que quizá no lo aproveché como debí me ha perseguido desde el día en que falleció. ¡Y es que hay verdaderamente tanto que quisiera saber de él y tanto más que quisiera poder contarle! “si tan sólo tuviera un día más”.
Quisiera explorar su sabida pasión por la música; esa misma pasión que me hace vibrar cada vez que coloco los audífonos sobre mi cabeza y escucho el juego de guitarras, ritmos, pianos y violines que se lleva a cabo y retumba dentro de mí. Me emociona la idea de tenerlo frente a mí, escuchando lo que tengo que decir, porque sé que le habría interesado. Él siempre nos hacía sentir importantes, porque para él no éramos sólo niños…
Sí, para él cada uno de sus nietos tenía una mente que, por más pequeña que fuera, valía la pena conocer y se aseguró de que nosotros nos diéramos cuenta de ello. La común sensación de ser ignorado que me llegaba en la mayoría de las conversaciones que a esa edad tenía con los mayores jamás la sentí en presencia de mi Abuelo. Es difícil explicar lo que eso puede llegar a significar y a valer en el corazón de un niño. Él, a través de pequeños detalles como, por ejemplo, pedirnos que le preparáramos la cerveza y se la lleváramos, o asegurarse de que tuviéramos aquellas cajas de chocolates de grajea y gomitas, o bien sentarse a hablar de libros seriamente con una niña de 12 años tal cual pareciera que lo haría con un crítico profesional, nos hizo saber que le interesábamos no sólo como sus nietos, sino como personas. Es uno de los mayores regalos que pudo haberme dejado.
En la reunión de Chinampas mi primo Víctor dijo algo muy cierto y que de cierta forma abarca a grandes rasgos todo lo que quiero decir. Él dijo “para mí fue un honor ser su nieto”. ¡Cuánta razón tenías mi estimado Víctor! Y es que él alcanzó lo que yo opino que es el fin de nuestra misma existencia como humanos sobre esta Tierra: dejar una huella en la vida de alguien. No sólo lo alcanzó sino que lo superó con creces y lo seguirá haciendo ya que esa filosofía de vida que tanto habla de la superación personal, del aprendizaje, del gusto por la lectura, del respeto por el lenguaje y de la pasión por la música, doy por hecho que llegará a las generaciones futuras de la misma forma en que me llegó a mí a través de mi papá.
Termino esto sin realmente haberlo concluido y dudo que algún día lo haga ya que jamás llegará el momento en que pueda decir que ya no tengo nada que decir sobre mi Abuelo. Y quién sabe… quizás algún día me siente a escribir un libro tal como lo hizo él y entonces mire atrás y vuelva a vivir todos mis momentos con él. Mientras tanto, su recuerdo se mantendrá conmigo, eternamente presente; ese unicornio seguirá sobre mi cama y eventualmente lo acompañará, desde el pequeñísimo librero de mi cuarto, un precioso libro llamado “Mi nieto, mi abuelo y yo”, escrito por un gran personaje inolvidable llamado Víctor Adolfo Javier Valdés, ¿lo conocen?

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