martes, 30 de agosto de 2022

Anhelos y lamentos

 Entra y sale el aire. Me lleno los oídos y la voz cuando se me aprieta la garganta y me escuecen los ojos, presagio de lo que está por llegar.

Ahí siento al anhelo, como un puño que me sofoca y aprieta por dentro, que aprisiona mis entrañas. Entonces también se me llena el cuerpo, pero de una impotencia que es tan envolvente como lo es terriblemente familiar, de la mano de un miedo cruel que más que envolver, desciende. Recuerda a la trayectoria de un escalofrío.

Detrás surge el lamento, desde lo más primitivo y escondido de las cavernas de mi interior. Un día fui yo quien lo llevó ahí para abandonarlo, con la esperanza de que no me siguiera de vuelta. Coloqué muros de roca, planté jardines y construí techos falsos, deseando olvidar siquiera el camino allá... el camino a lo profundo. Censurar su existencia natural, compartida con ese anhelo insatisfecho.

Pero a veces encuentra la salida y se agarra con furia desesperada a las faldas de mi vestido, implorándome que le preste una atención que considero inútil, que le regale una energía que no tengo, y le brinde una paz que no siento. Así que vuelvo a lo recóndito y a lo oscuro para tratar de dejarlo ahí, escondido y alejado de todo lo que puedo percibir. Después regreso a la vida, a la culpa y al anhelo al que trato de ignorar pero que permito rondarme cerca, por si algún día logro cumplirle y así silenciar el lamento.

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