viernes, 7 de agosto de 2020

Auto-consuelo

 Mis ojos cerrados y Mooncake, de Mandarin sonando en la bocina. Las cuerdas armónicas empezaron su llamado, y mi alma respondió. Ahorita la música me unía a mí misma, y así fue como sentí el impulso de juntar mis palmas como en señal de oración y acercarlas a mi cara. Eché la cabeza hacia atrás, dejando que mis dedos y rostro se deslizaran entre sí, sintiendo la caricia descender por los costados de mi nariz, mis labios, mi barbilla y mi cuello.

Repetí el movimiento, variando la forma en que mis manos contorneaban mi cara, palpando una mejilla, la nuca y la clavícula izquierda, reiniciando después en el otro lado. Mis lágrimas dibujaban veredas de esperanza, intermitentemente esparcidas por mis dedos.
La inspiración brotaba desde el centro de mi pecho, y crecía con cada agradecimiento por la hermosa expresión de amor a mí misma de la que estaba siendo testigo. Me sentía viviendo un milagro.
Recorrí mi piel como en un estado de trance que se rehusaba a ser importunado por los pensamientos tóxicos que llamaban a la puerta de mi consciencia. En ese momento de auto-contención me descubrí plena y amada, totalmente maravillada por mí misma. Recargué mi cabeza en mi hombro derecho mientras mis brazos cruzados frente a mí me envolvían con ternura; podía sentir cada caricia sobre mi brazo izquierdo como si con la otra mano estuviera tocando un violín imaginario.
Yo era música.

No hay comentarios: