La barca se movía dócilmente junto con el subir y bajar de las olas matinales. Podía escucharse el golpeteo del agua contra la vieja caoba africana que le daba cuerpo a esa humilde balsa. Fuera de eso el silencio era total, aún era muy temprano para que las aves locales comenzaran su propia pesca.
Alrededor de los ojos del viejo pescador se encontraba la prueba de su trabajo diario, pues no pueden significar otra cosa las arrugas por el constante entrecerrar los ojos al sol en el camino de vuelta a casa. Sus manos eran ásperas y llenas de cicatrices que también evidenciaban su humilde y noble oficio.
Esperaba tranquilamente el temblor en la caña que indicaba que un pez había mordido el anzuelo. Mientras espera, el tiempo pasa tranquilo e impasible, haciéndole compañía durante sus horas de soledad. El secreto de su paciencia descansaba en que nunca contaba los peces que subía a la balsa. Actuaba sin pensar, de la misma forma en que actuaron su padre, su abuelo y su bisabuelo. El proceso es simple y con la constancia digna de aquel que se volvió maestro y artista de su propio trabajo.
El sol ya se veía claro y completo en el cielo, el cual empezaba a perder los matices dorados y púrpuras que conjuntamente pintan al alba cada amanecer para poder retomar su característico azul. En breve el pescador regresará a la playa para empezar con la familiar venta de lo conseguido esa mañana. No hay prisa, sólo mar y aire, con un pescado después de otro acomodado en el extremo de la pequeña barca pesquera.
Ahora recogía sus cosas y acomodaba la vela que le llevará a la costa sano y salvo. Le gustaba acostarse boca arriba, con los brazos cruzados debajo de la cabeza, y quedarse mirando la forma de la vela acariciada por el viento. Mientras más cerca está de la orilla más común se vuelve el revoloteo de las gaviotas que esperan poder robarse algo de alimento; mas él las conoce y ellas lo conocen a él, y son ya pocas las veces que se acercan en un atrevido intento por hurtar sus pescados.
Al llegar a la playa se bajó de su pequeña balsa e inició el camino hacia el mercado. Iba descalzo, y aun así lo hacía de una forma tan suave y fluida que cualquiera que lo viera no sabría decir si sus pies se habían acostumbrado a las curvas de la arena, o si la arena era la que se había moldeado y acostumbrado a la forma de sus pies. Su respiración se vuelve casi imperceptiblemente más pesada a medida que sube la cuesta blanca que lo llevará al polvoriento camino que ha de recorrer para llegar al centro de comercio.
Arriba en la ciudad el mundo ha cambiado, no es tierra de pescadores solitarios sino de redes gigantescas manejadas por barcos lo suficientemente grandes como para albergar cinco o seis veces la cabaña del pescador. Pero a él, humilde, eso no le importa. Atesora con gran ahínco y esmero el tradicionalismo de su trabajo, sin verse corrompido por el ajetreo efervescente de los suburbios, o por el falso brillo del dinero. Porque él no quiere más oro que aquel que le permite alimentarse y vestirse a él, a su esposa y a su quinto hijo, muy joven aún como para valerse por sí mismo. Su fe recompensada lo guía sin preámbulos y sin miedo a aquel lugar en el mercado al cual llega con su red de pescado fresco, y del cual, según la ocasión, se lleva lo sobrado para cocinarlo en casa, o las monedas para de una vez comprar la comida del día siguiente.
Sí, él vive día a día, sin planes ni más metas que las de levantarse en la madrugada a pescar. Su vida puede ser vacía y sin sentido para las pocas mentes que lo notan lo suficiente como para detener sus ruidosas vidas y dedicarle unos minutos de sus pensamientos. Pero en realidad, su vida está llena de color y significado, pues saborea sus momentos y vive entre el azul del mar y el olor a sal y pescado fresco que se han entrelazado de tal forma con su alma que se volvieron parte de ella.
Al día siguiente la barca se mueve dócilmente con el subir y bajar de las olas matinales, se escucha el golpeteo del agua contra la caoba africana y él sigue pescando, como todas las mañanas.
martes, 28 de abril de 2009
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1 comentario:
Me recuerda el cuento de mi papá del pescador. Te amo
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