AiCuando era más chica mi papá solía tomarme de las manos con una mano y ponerse encima de mí, sin dejarme moverme, y jugábamos a ver cuánto tiempo aguantaba.
Nunca aguanté mucho.
Empezaba la desesperación ante la idea de no poder moverme, me sentía prisionera, sin poder tranquilizarme. Hast que al final decía "¡Me rindo!". Y entonces me soltaba.
Su imagen me persigue, a todas horas, me aprieta, me sostiene en su abrazo cruel, y me envenena lentamente.
Es como vivirlo una y otra vez, ante mis propios ojos, una, dos, tres y mil veces. Me alejo, me alejo del pensamiento tan rápido como puedo, pero lo escucho reírse. Se burla de mí y vuelve, me susurra cosas al oído y casi me recuerda a los murmuros nocturnos de placer.
Duele y quiero caminar, pero no puedo.
Duele y quiero defenderme, pero no me deja.
Duele y quiero gritar, pero me arrebata la voz, mostrándome con dulzura mi promesa.
Es dulce, es dulce y miserablemente sonriente. No hay escape de aquella expresión satisfactoria llena de crueldad.
La imagen.
Me provoca náuseas. Y de pronto no hay existencia alguna más que la suya, como aquellos trucos ópticos que te saturan la visión de tal forma que mires donde mires la imagen sigue fielmente proyectada.
Duele y quiero gritar, pero me muestra con dulzura mi promesa, y ya no hay más, nada más que silencio.